20 de enero de 2016

Cuando se rompe la burbuja...

Últimamente me debatía entre cerrar este blog o continuar escribiendo sobre eventos recientes. Mi conclusión es ésta: la capullita llegó para romper la burbuja e inundarla de ruido.

Todavía tengo muchas cosas que decir, pero éste ya no es el lugar. Comencé el blog cuando trabajaba en un sitio que no me hacía feliz, en el que las condiciones no eran taaaan malas (con excepción del pago que por poco no existía), pero la negatividad del ambiente laboral sí era intolerable. Cuando salí de ahí tuve otra mala experiencia y aprendí de golpe que hacer un buen trabajo y poner todo de tu parte no siempre es suficiente... en fin, no daré más detalles.

Ahora estoy en un lugar distinto, donde todavía me siento en paz, donde he aprendido muchísimo, donde me han dejado crecer a mi ritmo y donde mi empeño ha rendido frutos. Además, es un sitio que me ha permitido tener una hija y conservar mi trabajo sin volverme (tan) loca.

Me falta vivir muchas cosas, pero creo que ya no quiero ni puedo hacerlo en una burbuja de silencio, porque siempre habrá la voz de una niña (y toda su personalidad) que me recuerde que hay otras formas de ver la vida.

Ya abriré otro espacio, pero por ahora sólo escribo de vez en cuando de lo que aprendo como mamá aquí: elcapullitodealheli.wordpress.com




19 de agosto de 2014

Adiós Mateo


Hace casi tres años te dimos la bienvenida a nuestra familia. Llegaste con dos meses y en tu primera familia te decían Lenguas, veo esta foto y lo recuerdo.

No me había atrevido a escribirte esta despedida porque estaba enojada, enojada con la vida que te dejó estar tan poco tiempo con nosotros, enojada un poquito contigo, porque con lo dramático que eras, esto llevaba tu sello, pero sobre todo, enojada conmigo, porque te regañé mucho, no estuve más tiempo contigo en las últimas semanas y porque el día antes no te rasqué lo suficiente las orejitas ni te besé tu naricita tanto como hubiera querido.

Nunca te olvidaremos, con tus botitas blancas, tus ojitos negros y tus orejitas bailarinas. En cierto sentido, nos da gusto que Amélie haya podido conocerte; no le digas a Sebastián, pero eras su favorito, le gustaba agarrar tu placa e intentar jalarte los bigotes. Gracias por acercarte, escalarla con cuidado y hacerla reír con tus gruñidos.

Qué coraje y qué tristeza nos da saber que a partir de ahora, cuando lleguemos a la casa, no vas a salir corriendo a saludarnos, no vas a pararte para que te acariciemos ni vas a hacer escándalo para que te hagamos caso. Ya no tenemos que llegar a limpiar todo, porque te enojaba que saliéramos, ni vamos a correr a servirte agua cada que rasques tu plato porque te mueres de sed. Sólo nos queda llegar y extrañarte, buscarte abajo de la mesa o revisar si te quedaste afuera, parado en la puerta del departamento, como alguna vez nos pasó.

Tres años es muy poquito tiempo, el veterinario nos dijo que tenías un soplo e ibas a vivir poco, pero juro que dijo diez años... ¿Tal vez eran dos y entendimos mal? Ya no quiero pensar en eso, porque me pasan por la mente mil cosas que a la mejor pudimos haber hecho diferente, pero no sé si alguna hubiera funcionado porque puede que ya fuera tu tiempo. Estabas bien, tenías un poco de tos, te dimos tu medicina y al día siguiente ibas a estar mejor. No lo estuviste, o tal vez sí, pero no con nosotros.

Ahora sólo nos queda agradecerte por apapacharnos, por gruñirnos, por morderle la cola a Sebastián cuando eras pequeño y dormirte en las almohadas; porque pasearte era como llevar un globo, no pesabas nada ni te teníamos que jalar; por esperar que la comida llegara al piso en lugar de querer alcanzarla, porque siempre eras feliz y decíamos que vivías en Disneylandia, porque la noche antes te paraste en la puerta del cuarto y nos observaste durante un largo rato cuando maniobrábamos con Amélie, pensamos que ya te sentías mejor, pero creo que sólo querías despedirte. Te acariciamos, pero no te dijimos adiós...

Adiós bebé perro, te queremos mucho y siempre vas a ser un socio fundador de nuestra familia. Muack!








19 de febrero de 2014

Mi capullito


40 semanas exactas, 15 horas en trabajo de parto en el hospital y una cesárea. Ese es el tiempo que esperé para conocer al capullito, con sus 3,700 g y 51 cm de largo, hasta el 7 de diciembre de 2013 a las 7:23 pm.

De todas las cosas bonitas que me han pasado en la vida, Amélie Fernanda es la mejor. Suena a cliché, pero el amor que se siente hacia un hijo es casi imposible de describir y no se compara con nada. Y sí, la magnitud de esa felicidad es tan grande que casi me hace olvidar el dolor de las contracciones, la desesperación y el miedo que sentí al ver que el parto no avanzaba, y la (oh, espantosa) convalecencia de la cirugía.

Tener a una personita en tu vida te cambia, te obliga a aceptar que las cosas no van a salir como quieres (tanta preparación para el parto natural tirada a la basura), te enseña a tener paciencia y mantener la calma (por ahí de las 10 horas con contracciones), a apreciar los pequeños detalles de la vida (como el primer baño, el primer pañal explotado, la primera vez que toma el pecho, el primer baño, la primera sonrisa, el primer balbuceo, la primera noche que duermes más de tres horas seguidas, la primera vez que te reconoce y deja de llorar, etcétera, etcétera) y a que hay momentos en los que le podrías morder los cachetes o la nariz o las manos o los pies porque los besos no son suficientes.

Puede que un día sí la muerda y me la coma completita.

13 de marzo de 2013

Recuento de un año agridulce


Hace un año renuncié al puesto de coeditora que ocupé durante cuatro años y me convertí en editora de un sitio web. Luego de algunos meses, las cosas no salieron como yo esperaba y acabé con unas ojeras enormes, muchísimo estrés acumulado y un coraje atravesado. Las cosas pintaban un poco mal, hasta que en noviembre empecé como editora de dos revistas especializadas.

Aquí llevo cuatro meses que parecen una eternidad, sobre todo si los cuento en cierres. He disfrutado el cambio, sí, pero también me he enfrentado a los vicios de la industria editorial y me he visto obligada a redescubrir muchas cosas sobre mí misma.

Compromiso, carácter, disposición, conocimientos, paciencia, pasiones y carencias. Todo se conjuga cuando te gusta lo que haces y quieres cumplir tus propias expectativas. Aprendí a la mala que no es recomendable conjugar amistades con el trabajo (a menos de que confíes 100% en ellas) y que todo fluye mejor cuando toda la atención se enfoca en lo que haces.

En retrospectiva, el 2012 fue más difícil de lo que parecía, pero ya hace un rato que se acabó. No hubo viaje y no hubo tantos libros, pero sí tuve mucho trabajo y poco tiempo para las cosas que me gustan.

En lo que queda de este año planeo que las cosas sucedan al revés. Escribir es una de las cosas que me gusta hacer y para la que no había tenido tiempo; ya publiqué en el blog, así que voy por buen camino.

30 de octubre de 2012

Océano mar (2)*

Pero hay algo que agrieta este purgatorio. Y es algo de lo que no puedes escapar. El mar. El mar encanta, el mar mata, conmueve, asusta, también hace reír, a veces desaparece, de vez en cuando se disfraza de lago, o bien construye tempestades, devora naves, regala riquezas, no da respuestas, es sabio, es dulce, es potente, es imprevisible. Pero, sobre todo, el mar llama. Lo descubrirás, Elisewin. Es lo que hace, en el fondo: llamar. No se detiene nunca, te entra dentro, se te echa encima, es a ti a quien quiere. Puedes disimular, no te sirve de nada. Seguirá llamándote. Este mar que estás viendo y todos los otros que no verás, pero que estarán siempre al acecho, pacientes, un paso más allá de tu vida. Los oirás llamar infatigablemente. Sucede en este purgatorio de arena. Sucedería en cualquier paraíso, y en cualquier infierno. Sin explicar nada, sin decirte dónde, habrá siempre un mar que te llamará.

Alessandro Baricco.

Océano mar

¿Sabes qué es lo más hermoso de aquí? Mira: nosotros caminamos, dejamos todas esas huellas sobre la arena, y ahí se quedan, precisas, ordenadas. Pero mañana, cuando te levantes, al mirar esta enorme playa no habrá ya nada, ni una huella, ni una señal cualquiera, nada. El mar borra por la noche. La marea esconde. Es como si no hubiera pasado nunca nadie. Es como si no hubiéramos existido nunca. Si hay un lugar en el mundo en el que puedes pensar que no eres nada, ese lugar está aquí. Ya no es tierra, todavía no es mar. No es vida falsa, no es vida verdadera. Es tiempo. Tiempo que pasa. Y basta.

Alessandro Baricco.

31 de agosto de 2012

Los peces no cierran los ojos

—¿Te gusta el amor? —preguntó mirando muy fija hacia delante, donde se levantaba la alzada de una barca coloreada de blanco y con una franja azul.
—Antes de este verano lo leía en los libros y no entendía por qué los adultos se acaloraban tanto. Ahora lo sé, provoca cambios y a las personas les gusta que las cambien. No sé si me gusta, pero ahora lo tengo y antes no.
—¿Lo tienes?
—Sí, me he dado cuenta de que lo tengo. Empezó con la mano, la primera vez que me la mantuviste sujeta. Mantener es mi verbo preferido.
—Qué cosas más graciosas dices. ¿Estás enamorado de mí?
—¿Se dice así? Empezó por la mano, que se enamoró de la tuya. Después se enamoraron las heridas que se pusieron a curarse a toda prisa, la tarde que viniste a verme y me tocaste. Cuando saliste de la habitación, me sentía mejor, me levanté de la cama y al día siguiente estaba en la playa.
—Entonces, ¿te gusta el amor?
—Es peligroso. Provoca heridas y después, a causa de la justicia, más heridas. No es una serenata en el balcón, se parece a una marejada de ábrego, revuelve el mar por encima y por debajo lo remueve. No sé si me gusta.

Erri de Luca.

26 de agosto de 2012

Contagiantojos: Tarta de espinacas



Hace varias semanas le prometí al #comandosanrio esta receta. La versión original llevaba ricotta en lugar de queso cotija, pero la primera vez que la hice compré todo en la tiendita de la esquina y no había. El sabor del cotija es más fuerte, pero se equilibra con las espinacas y la crema.

Creo que es una mezcla entre tarta y quiche porque lleva huevo para darle consistencia al relleno, pero no importa. Tengan en cuenta que las porciones de los ingredientes pueden variar, depende de cómo quieran la tarta.

Tarta de espinacas
  • 700 g de espinacas
  • 300 ml de crema
  • 1/2 cebolla
  • 250 g de queso cotija (o ricotta)
  • Queso manchego o parmesano al gusto para gratinar al final
  • 500 g de masa de hojaldre o masa para pay
  • Aceite de oliva
  • Pimienta y sal
  • 2 o 3 huevos
  • Molde para pay engrasado y enharinado
1. Lo más importante es tener la masa de hojaldre o masa para pay lista. Aunque se puede comprar en el súper, yo prefiero hacerla. La receta es sencilla, pero sí agrega un par de pasos y horas a la preparación. La pueden ver acá.
2. Expandan la masa en el molde, lo ideal es que quede de casi 1 cm de espesor. Píquenla con un tenedor, cúbranla por completo con un papel aluminio y rellénenlo con agua. Luego, métanlo al horno mientras se precalienta a 180º por unos 10 minutos. Esto sirve para que se precueza y evita que el centro quede crudo. Pueden dejarlo cociendo mientras preparan el relleno.
3. En un cazo sofrían la cebolla con aceite de oliva, luego, agreguen las espinacas lavadas y picadas y déjenlas cocer. Añadan sal y pimienta.
4. Una vez cocidas, bajen la flama y viertan la crema y el queso cotija desmoronado. Revuelvan hasta que la crema tenga una consistencia casi líquida.
5. Añadan los huevos, revuelvan hasta que todo se mezcle y retiren del fuego.
6. Saquen el molde del horno y con mucho cuidado tiren el agua y retiren el papel aluminio.
7. Viertan el relleno sin rebasar los bordes y cubran con queso manchego. Es muy importante que el molde no se llene por completo porque puede derramarse.
8. Metan al horno por más o menos media hora. Lo ideal es retirarlo una vez que el queso está gratinado. También pueden meter el cuchillo o el palillo hasta que salga casi limpio.

* Pueden modificar el relleno de la tarta a su antojo, le pueden poner jamón, champiñones o lo que sea, lo divertido de esto es que pueden inventarse la tarta que más les guste.
* La imagen la saqué de Pinterest. En el sitio al que redirige hay otra receta, sin queso cotija, huevo, ni queso manchego, para quien quiera algo más light.

20 de julio de 2012

La evolución de las costumbres


Soy una persona de costumbres. Antes creía que no, que todo lo hacía por azar, hasta que noté cómo había cosas que se quedaban arraigadas en mi rutina y en mis gustos durante años, como tomar el café negro, dormir en la misma pose todas las noches, usar los mismos anillos todos los días, vestirme en el mismo orden por las mañanas y hasta la rutina que sigo antes de encender el coche.
Puede que por lo mismo me sea tan difícil digerir los cambios, salir de la comodidad y enfrentarme a los retos sin miedo y de frente. Lo que no sabía y ahora lo descubro es que las costumbres, como las personas, evolucionan y se adaptan a las circunstancias, por eso ahora disfruto pasar por mi café a un lugar nuevo en lugar de extrañar la cafetería a la que acostumbraba ir y redescubro las mañanas y lo productivas que pueden ser.
Al final resulta muy emocionante armar una nueva rutina y empezar de cero todos los días, para que, junto con las costumbres, uno evolucione.

7 de junio de 2012

Y resulta que...

...un día te levantas y ya no tienes tiempo para nada. No has ido al cine en meses, no llegaste a tus últimos ensayos de ballet para la función del próximo sábado, no has leído nada en comparación con lo que acostumbrabas leer y hasta tienes la impresión de no haber visto a tus perros en días.

Ahora sí puedo decir que sé cómo se siente estar 'absorto' en algo. Por cierto, vaya que es fea esa palabra.

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