13 de marzo de 2013

Recuento de un año agridulce


Hace un año renuncié al puesto de coeditora que ocupé durante cuatro años y me convertí en editora de un sitio web. Luego de algunos meses, las cosas no salieron como yo esperaba y acabé con unas ojeras enormes, muchísimo estrés acumulado y un coraje atravesado. Las cosas pintaban un poco mal, hasta que en noviembre empecé como editora de dos revistas especializadas.

Aquí llevo cuatro meses que parecen una eternidad, sobre todo si los cuento en cierres. He disfrutado el cambio, sí, pero también me he enfrentado a los vicios de la industria editorial y me he visto obligada a redescubrir muchas cosas sobre mí misma.

Compromiso, carácter, disposición, conocimientos, paciencia, pasiones y carencias. Todo se conjuga cuando te gusta lo que haces y quieres cumplir tus propias expectativas. Aprendí a la mala que no es recomendable conjugar amistades con el trabajo (a menos de que confíes 100% en ellas) y que todo fluye mejor cuando toda la atención se enfoca en lo que haces.

En retrospectiva, el 2012 fue más difícil de lo que parecía, pero ya hace un rato que se acabó. No hubo viaje y no hubo tantos libros, pero sí tuve mucho trabajo y poco tiempo para las cosas que me gustan.

En lo que queda de este año planeo que las cosas sucedan al revés. Escribir es una de las cosas que me gusta hacer y para la que no había tenido tiempo; ya publiqué en el blog, así que voy por buen camino.

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