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19 de febrero de 2014
Mi capullito
40 semanas exactas, 15 horas en trabajo de parto en el hospital y una cesárea. Ese es el tiempo que esperé para conocer al capullito, con sus 3,700 g y 51 cm de largo, hasta el 7 de diciembre de 2013 a las 7:23 pm.
De todas las cosas bonitas que me han pasado en la vida, Amélie Fernanda es la mejor. Suena a cliché, pero el amor que se siente hacia un hijo es casi imposible de describir y no se compara con nada. Y sí, la magnitud de esa felicidad es tan grande que casi me hace olvidar el dolor de las contracciones, la desesperación y el miedo que sentí al ver que el parto no avanzaba, y la (oh, espantosa) convalecencia de la cirugía.
Tener a una personita en tu vida te cambia, te obliga a aceptar que las cosas no van a salir como quieres (tanta preparación para el parto natural tirada a la basura), te enseña a tener paciencia y mantener la calma (por ahí de las 10 horas con contracciones), a apreciar los pequeños detalles de la vida (como el primer baño, el primer pañal explotado, la primera vez que toma el pecho, el primer baño, la primera sonrisa, el primer balbuceo, la primera noche que duermes más de tres horas seguidas, la primera vez que te reconoce y deja de llorar, etcétera, etcétera) y a que hay momentos en los que le podrías morder los cachetes o la nariz o las manos o los pies porque los besos no son suficientes.
Puede que un día sí la muerda y me la coma completita.
26 de abril de 2011
Si la duela hablara
Cuando era niña quería ser bailarina, y bailaba, pero mi mamá me dijo que ella prefería que fuera mujer antes que bailarina y primero no lo entendí, luego sí y lo acepté. Así que el ballet, la danza, sale y entra de mi vida a periodos relativamente regulares. Cuando lo necesito, cuando lo siento, cuando me llama. No es sólo hacer ejercicio, es saber que en ese salón no hay un límite, que siempre se puede dar y hacer más, siempre hay un nuevo reto, un nuevo brinco o un nuevo giro. El maestro alguna vez me dijo que decía más de mí cuando bailaba que cuando hablaba, y tal vez sea verdad. En la barra sólo somos mi cuerpo y yo, empujando en todas direcciones cada vez más.
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